viernes, 14 de noviembre de 2014

La Ballena de Jonás (2014)



Debo haber escuchado por primera vez a Saúl, Mario y Oscar, alguna tarde entre el 2005 y el 2006; en el Café Latitud 32 de Playas de Tijuana. Los conocí gracias a una amiga y, desde entonces, identifiqué una propuesta musical distinta de lo que se hacía en la ciudad. Me sorprendieron gratamente.



Muchos años han transcurrido desde entonces y en este tiempo hemos atestiguado su crecimiento como banda, no solo porque se integraron más músicos; sino porque el proyecto se nutrió y redimensionó, en discurso y proyección, a partir de su colaboración con la Orquesta de Baja California, en el 2010.

La materialización de su propuesta musical en formato de disco [objeto tangible, susceptible a la posesión], es algo que hemos esperado eternidades. Finalmente, al cierre de este 2014, todo el trabajo de esta agrupación (que, valga explicar, no han abandonado sus “day jobs”) rinde los anhelados frutos.


Debo confesar que tenerlo en las manos me llenó de emoción.

El disco homónimo está integrado por 11 temas, todos de la propia autoría, con arreglos orquestales de los maestros Eduardo García Barrios y Andrés Martín. Lo cual, de entrada, ya anuncia un trabajo de primer nivel. A Barreda, D. Alvarado, Huerta, Reyna, Armenta y Hernández, se unieron en colaboración músicos de la talla de Carlos María, Emiliano L. Guadarrama, Polo González, Omar Firestone y el tenor Marco Antonio Labastida.

Abren con Cantina Calavera, una de sus primeras composiciones y, me parece, la pieza que captura todo el espíritu de aquellos primeros años del grupo. Alegre, intensa, juguetona; te deja un rico sabor de boca y sensación de bienestar. Escúchala camino al trabajo y el tráfico te hará los mandados.

La segunda pieza es Periscopio, una de mis favoritas del disco. En el mismo tono que la primera, te invita igual a bailarla que a tararear. Me puede encantar la guitarra; sus momentos protagónicos, siento, son la voz que cuenta la historia aquí. ¡Y ese cierre!... te hace sentir dentro del submarino, observando, con asombro, el universo en las profundidades del mar.

El número tres es Piruetas. Aquí bajan la intensidad y nos presentan, me parece, la pieza más dulce de todo el disco. Aun completamente instrumental, vaya, sin letra, el violín nos cuenta una historia extraída de los propios recuerdos. Esta canción es un abrazo, dulcísimo. Una lindura.

Devorador es la número cuatro. Acá le entran con todo a la pasión tanguera. Un cambio de atmósfera. De entrada se siente la influencia de Piazzolla (y, seguro, los arreglos de Martín). Pero, más adelante, retoman su ritmo juguetón y entran las voces cantando el coro. Sí, son La Ballena. El acordeón no suelta la nostalgia. La flauta y el clarinete mantienen el drama.

En el número cinco está El Torero. Aquí las voces llegan a contar la historia del personaje. Labastida, el tenor, (acertada invitación, por cierto) pone el toque justo de suntuosidad taurina que el relato necesita.

La noche del Dandi es otra de las piezas más antiguas del grupo. De las consentidas. Abren, como entonces, el piano y el acordeón: entrañables. El argumento, en apariencia solemne, juega con un acompañamiento que evoca atmósferas lúdicas y nostálgicas. La infancia, quizá… otros tiempos.

Con Picaresca nos hacen mover el cuerpo otra vez. La séptima pieza del disco, juguetona y festiva, vuelve exclusivamente a lo instrumental, interrumpido apenas por ciertos susurros a medio camino y alegres coros al cierre.

En el número ocho encontramos Reminiscencias del Medievo. Pieza viva, con cambios de ritmos e intensidades. Se siente la influencia de Tiersen en el grupo. El piano: en uno de sus momentos más claros. Llena de imágenes. Bien pudiera ser el soundtrack de un cortometraje de 2’ 47”.

Otra de las piezas que alegra reencontrar es Espíritu de las quince letras de Praga. Amo el piano aquí. Y el acordeón, bueno… ¡esa nostalgia! Ambos le agregan el núcleo suavecito, el tuétano sabroso, en medio de la gravedad testoterónica de los coros. Divina.

En el número diez escuchamos Cantos perdidos. La otra pieza dulce del disco. Me evoca, sin remedio, al mar. Historias de mar. Pienso en Nyman, en el piano sobre la playa solitaria. Escúchese abrazado de alguien, y encuentre sus propios cantos. Y sueñe.

En el último track encontramos ¡qué alegría!, otra entrañable de La Ballena de Jonás: Trecho de Parca. Y entonces el cierre es redondito. Y volvemos al inicio y entendemos su historia. Los sabemos distintos, enriquecidos por el trabajo de todos estos años… y disfrutamos en el alma la impecable producción, los arreglos, el acompañamiento de algunos de los mejores músicos de la ciudad.


Sin duda este disco resulta entrañable, queridísimo, para muchas personas en Tijuana. Nos alegra hasta lo indecible que exista este disco-objeto como registro histórico del proceso de crecimiento de una agrupación local tan llena de talento. Lo afirmo: los años de espera, valieron –con todo– la pena.

Mónica Morales Rocha

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